Por Pablo Roset

¿32 millones de hectáreas sin usar?

El 89% de las tierras agrícolas de Argentina son improductivas en algún momento del año. Expertos afirman que, en muchos casos, ponerlas en producción no afectaría a la cosecha siguiente y hasta podría beneficiar a los ecosistemas.


Una proporción muy alta de nuestros suelos agrícolas está libre de cultivos en algún momento del año. Las razones son variadas, desde económicas hasta por miedo a que el doble cultivo baje el rendimiento del cultivo de verano. Sin embargo, un estudio realizado en la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) indica que en muchos casos se podrían realizar dos cultivos sin comprometer la productividad del sistema. La adecuada elección del cultivo incluso podría prestar valiosos servicios al ecosistema.
 
“A partir de imágenes satelitales pudimos determinar que el 89% de las tierras cultivables de Argentina produce cosechas sólo en verano, mientras que la superficie ociosa en invierno es altísima, casi 32 millones de hectáreas”, le contó a Sobre La Tierra Gervasio Piñeiro, profesor adjunto de la cátedra de Ecología de la FAUBA.

“Hay varias razones por las cuales los productores deciden no implantar cultivos en ese lapso que va de la cosecha de un cultivo de verano a la siembra del siguiente (un período conocido como barbecho de invierno). Una es económica: si los márgenes brutos son desfavorables, el cultivo no se siembra. Otra es atendible, pero menos clara: el temor a que el cultivo de invierno reduzca el agua disponible en el suelo al momento de sembrar el siguiente cultivo, en primavera/verano”, señaló el investigador.

En el año 2012, Piñeiro y Priscila Pinto, tesista de grado de la carrera de Agronomía, estimaron el la viabilidad de realizar cultivos de invierno en la región agrícola central de Argentina. Los resultados son sorprendentes: en la mayor parte de la región sería posible incorporar un segundo cultivo en el año ocupando la superficie que hoy corresponde a barbechos de invierno. Así nos lo contó Gervasio: “Usamos datos climáticos de nueve estaciones meteorológicas de la región, para las que calculamos los balances hídricos del suelo. Nuestros resultados indican que en 9 de cada 10 años, realizar un cultivo invernal de 3 a 5 meses de duración no alteraría el agua disponible en el suelo a la siembra del cultivo de verano. Por supuesto, esto dependerá de la localización de cada campo en particular dentro del área, de cuánto llueva en invierno, del cultivo posterior y de su fecha de siembra, principalmente.”

Un costoso descanso

El trabajo de Pinto y Piñeiro, realizado en colaboración con María Elena Fernández Long, de la cátedra de Climatología y Fenología Agrícolas de la FAUBA, es el primero en mostrar la ubicación espacial de los barbechos y su variación en el tiempo. “Trabajamos sobre la base de información satelital, que una vez analizada nos permitió identificar la proporción de superficie ocupada por cultivos de verano, invierno o doble cultivo. Así diferenciamos 5 zonas (ver gráfico): en las 1, 2 y 3 dominan los barbechos de invierno, mientras que en la 4, los de verano (menos frecuentes). En cambio, en la zona 5 la proporción de ambos es muy similar. El mensaje es claro: en todas las zonas existen barbechos en algún momento del año y la proporción de tierra sin usar es elevada. Ese patrón se ha mantenido relativamente constante en los últimos 13 años”, comentó Gervasio.

Los sistemas de producción actuales tienden a la agricultura continua, y esto es un desafío para la sustentabilidad de la producción agropecuaria. La disminución de la proporción de pasturas en las rotaciones agrícolas y la realización de un solo cultivo anual dan lugar a barbechos que pueden afectar la calidad de los suelos. Por ejemplo, si los restos del cultivo cosechado son escasos y/o se descomponen rápidamente, como los de soja, el suelo queda expuesto por largos períodos a procesos de degradación hídrica o eólica, con la consiguiente pérdida de fertilidad.

Te quiero verde

“Algunos investigadores consideran al barbecho como un período de subutilización de recursos como la energía solar, los nutrientes y el agua de lluvia. En este contexto, tanto un cultivo invernal para cosecha (como trigo o cebada) como un cultivo de cobertura (sembrado no para cosechar sino para brindar una función determinada en el sistema) permitirían aprovechar esos recursos ‘vacantes’. En estos últimos tiempos, en la FAUBA venimos desarrollando varios trabajos sobre la siembra de ‘cultivos de servicio’. Es decir, cultivos que se hacen específicamente para producir servicios ecosistémicos”, le comentó Gervasio al sitio de divulgación SLT – Sobre La Tierra.

Los servicios ecosistémicos son los aspectos de los ecosistemas que se utilizan (de forma activa o pasiva) para generar bienestar humano. En los sistemas productivos agrícolas, los cultivos proporcionan diversos servicios como la cosecha, la protección del suelo contra la erosión, la fijación de nitrógeno, el control de malezas y la regulación hídrica, entre muchos otros. Cuando estos servicios están deteriorados, la aproximación clásica para remediarlos es subsidiar con energía externa al sistema, básicamente a base de petróleo: se pasa más veces el tractor con el descompactador, la desmalezadora y/o la pulverizadora, se aplican más fertilizantes y/o herbicidas (en ocasiones desde un avión), etc. Los costos económicos y ambientales de estos subsidios son muy elevados y poco sustentables.

Piñeiro, quien también es investigador independiente del CONICET, sostiene que las ventajas de los cultivos de servicio son incuestionables, y así se lo explica a Sobre La Tierra: "La idea de los cultivos de servicio es que ayuden a manejar y mantener dentro de ciertos límites los niveles de nutrientes, malezas, nitrógeno, agua, compactación, etc. Para mantener los servicios deseables, los productores podrían empezar a pensar en reemplazar la energía del petróleo por la del sol, además de valerse de información genética y de manejo de los cultivos. Por ejemplo, en vez de aplicar fertilizantes nitrogenados se pueden sembrar leguminosas como trébol subterráneo o lupino. En vez de aplicar herbicidas, un cultivo de cobertura puede generar el servicio de reducir malezas. Si el suelo está compactado, un cultivo de nabo forrajero puede reemplazar el pasaje de un paraplow o un paratill. La idea es manejar todos los servicios posibles, o al menos los que el productor identifica como deteriorados."

Para el investigador, no todas las soluciones se pueden gestionar de forma individual. En el caso del servicio de regulación hídrica, las decisiones escapan al productor individual porque son procesos que ocurren a escalas más grandes, típicamente a nivel de cuencas, y por lo tanto deben ser orquestadas por el Estado o por asociaciones civiles, y compartidas entre los productores.

Consultado por SLT acerca de la relación entre barbechos e inundaciones, Piñeiro señaló: "Esta gran cantidad de barbechos probablemente están usando menos agua del suelo que si hubiera una pastura, un pastizal natural, un cultivo de invierno o incluso un barbecho enmalezado. Éstos consumen agua del suelo, tanto de las lluvias como de las napas. Al no estar presentes, es posible que infiltre o escurra más agua de lluvia y que ello pueda provocar un aumento en el nivel de las napas. Son posibles consecuencias al realizar un solo cultivo al año en ecosistemas que originalmente poseían vegetación perenne, productiva todo el año. Algunos medios han mencionado una supuesta conexión entre barbechos e inundaciones. Si bien es cierto que en teoría esto podría ocurrir, opino que debemos ser muy cautos al respecto ya que hasta el momento no se ha investigado en profundidad esta relación de manera directa."

 

(Fecha Publicación: 10-Sep-2015)


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